Jesus siempre conmigo

“Cuando Jesus llegó a nuestro mundo, no vino a iluminar nuestro diciembre, vino a transformar nuestras vidas” -Rich Miller. 

Seguimos en la segunda semana de Adviento y junto con ella la carga de trabajo incrementa de manera automática, no me explico bien el porqué, pero a diferencia de otros periodos de descanso la temporada decembrina trae consigo un sin fin de actividades y compromisos que se multiplican y vuelcan mi vida de cabeza.

No sé si a ustedes les pase igual, pero con eso de tratar de estar al día con todos mis pendientes, listas interminables de la escuela y manejar de norte a sur llevando a mis hijas a todos sus sacrosantos festivales y eventos benditos la preparación espiritual para la llegada del Niño Jesus ha sido un verdadero reto.

Y para muestra falta un botón, les comparto  mi día de ayer el cual transcurrió de una calamidad a otra: 

A San Pedro se le ocurrió abrir las compuertas y que nos avienta tremendo diluvio, 

La alarma sonó tarde y mi marido salía de viaje, así que a brincar y apurarse para que lograra salir hacia el aeropuerto con todo y tormenta. 

Debido a la lluvia, el tráfico hacia la escuela iba a estar peor que nunca, así que a salir antes. Entre quejas, molestias y arreos logré meter a las hijas al carro 10 minutos antes de lo usual.

Doy vuelta a la llave y para mi sorpresa el carro no prende… En ese momento me sentí cual Alicia cayendo por el túnel del conejo, con la diferencia de que no iba a aterrizar en el País de las Maravillas.

Volví a dar vuelta a la llave y solo un tronido y relámpagos de luz salieron del tablero, pero el carro seguía sin encender. Mis dos hijas estaban completamente calladas, serias y a punto de entrar en pánico, y no era para menos. 

Respiré profundamente y solo les dije: ok, a rezar, si quieren que esto prenda, ¡hay que rezar!

Y dicho y hecho, cada una de nosotras rezamos como pudimos, lo que nos acordamos en ese momento y ¡Bendito Dios mi carro prendió! 

El día transcurrió entre llovizna, aguacero y tormenta eléctrica, la migraña en todo su apogeo, el servicio mecánico no tenía lugar hasta después de la comida y yo no sabía si el carro iba a volver a encender. Pues me volví a aventurar a encender el carro, de cualquier forma tenía que llevarlo al servicio, pasar por mis hijas y con la buena de que solo era la batería, que estaba dentro de la garantía y que no terminé pagando nada.

Cuando me dieron la noticia mis hijas y yo brincamos de alegría y sin pensar dos veces dije ¡Gracias Dios  por este regalo!, ¿en que más puede mejorar mi día? 

Después de recibir el carro manejé de regreso a casa,  y el tráfico otra vez parado debido al aguacero que no cesaba.

En el camino de regreso pude contar tres accidentes del lado izquierdo, varias personas  empapadas tratando de resguardarse bajo un puente con un letrero que se leía “sin hogar” y nosotras estábamos bien, con una migraña que me partía la cabeza,  hijas exhaustas y hambrientas, pero bien gracias a Dios.

Y fue en ese momento que me di cuenta que todo lo que somos y tenemos es gracias a Dios, y que por lo general no valoramos lo suficiente los pequeños milagros que nos da todos los días, sin pedirnos nada a cambio.

Jesus vino a transformar nuestras vidas dando SU vida para que nosotros entráramos a la Gloria De Dios, lo menos que puedo hacer es enfocarme en lo importante y dejar a un lado lo urgente. 

Al día siguiente me di tiempo de pasear a mi Poodle, estaba pensando aún todo lo que me había pasado el día anterior y justamente cuando me di cuenta de que todo había salido bien vean lo que me encontré !   

Gracias Dios por transformar mi vida y rodearme de bendiciones, que aunque las paso por alto, Tú siempre estás conmigo.

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